martes, 4 de julio de 2017

Otra historia de amor (parte 5 - final)

Los preparativos para la boda parecen estar finalmente listos. Han sido tres meses alucinantes entre tantas decisiones sobre manteles, comidas, colores, flores, música, capilla y demás. Definitivamente, temas en los que a Martin le habría gustado no tener que participar tanto. Es increíble que se esté casando a tan solo un año de haber iniciado ésta relación. Aunque recuerda con agradecimiento, que ésta relación le salvó de perder toda cordura. Mónica vino a rescatar la casi nula capacidad de amar que había quedado en su corazón desde la huida de Verónica, hace dos años ya. Aún recuerda, con un sabor amargo el desordenado basurero en que se convirtió su vida interna y hasta su apartamento, tras su partida. Y el trabajo, con la inercia ganada, seguía avanzando bien, pero en piloto casi automático. Con Mónica todo fue tan fluido desde el principio. Ese primer encuentro en el parque mientras ella paseaba su cachorrito dálmata. Ese acercamiento tan natural y desenfadado de ella mientras él se sentaba en una banca que parecía tan solitaria como él, desconectado de todo lo que sucedia a su alrededor, absorto totalmente en los recuerdos de los días vividos con Verónica. Manchitas fue un mediador fantástico entre ellos. Su sola presencia suavizaba las cosas. Evitó el rechazo de Martín hacia toda chica que pudiera ser una amenaza a tener que abrir su corazón de nuevo. La amistad fluyó inmediatamente, entre este trío (Mónica, Manchitas y Martín) sin expectativas, sin dobles intenciones. Los encuentros en el parque se hicieron habituales, no planeados, espontáneos. Martín hasta se compró un cachorrito labrador ─Nicky- para acompañar algo de su soledad y completar así un cuarteto de amigos. La existencia de Nicky lo obligó a regresar a los suburbios, pues en su edificio de apartamentos no aceptaban mascotas. El cambio a los suburbios, rodeado de verdes árboles, plantas y sus flores; le sentó muy bien a su alma también. Se hizo un caldo de condiciones propicias para que las arañitas del amor volvieran a tejer sus redes, subrepticia y subliminalmente. A tan solo un mes de conocerse ya andaba saliendo con Mónica formalmente (sin la compañía de Manchitas y Nicky que distraian bastante). No había asomo alguno de planes de matrimonio en la cabeza de ninguno de ellos, pero las hadas del romance hacían lo suyo y a los cinco meses de estar saliendo; a la luz de una luna plateada, y un concierto de pajarillos nocturnos, con rodilla al suelo y todo, en el mismo parque en que se habían conocido, le dió un hermoso anillo de compromiso y le pidió que fuera su esposa. Mónica se le tiró encima y rodaron por la grama, entre sonrisas y unas lágrimas de felicidad que se mitigaban un poco con profundos besos de dos almas muy enamoradas.

La fecha de la boda estaba fijada para siete meses después y de allí fue una vorágine y un pandemónium de arreglos de boda que abrumaron a Mónica y Martín; pero de buena manera.

Era un viernes por la tarde, Martín estaba recogiendo su frac de la tienda de renta de trajes, cuando de pronto, entra una llamada, de un número desconocido. ─Debe ser alguna de las empresas proveedoras de la boda que llaman a última hora (a veces llamaban desde los celulares de empleados distintos) ─dice Martín en voz alta con tono de irritación. ─¡Hola! ¿Quién habla? ─contestó Martín─ ¿Hola, cómo has estado? Por favor no cortes ─dice la voz de Verónica ─y a Martín le tiemblan las piernas, y su mente viaja en el tiempo, dos años atrás y su alma es traspasada por todas las sensaciones y sentimientos, incluidos el dolor y la añoranza de todo lo vivido con Verónica. ─¿Qué pasa Verónica? ─responde Martín bastante cortante. Tras una breve charla, entre intensos reclamos de Martín por la deslealtad de la huida de Verónica y los recuerdos de que lo bloqueó en todas sus redes sociales, cambió su número de teléfono, cambió hasta de trabajo para tomar un tren distinto y demás, y las débiles excusas de Verónica; accedió Martín a reunirse con Verónica en la casa de él, dentro de dos horas. Tanto ella como él creían que valía la pena un cierre decente de esa relación y ese capítulo de sus vidas. Martín, muy nervioso, casi no pudo hacer el resto de cosas que tenía planeadas esa tarde. Llegó a su casa una hora antes de la hora acordada. Repasó una y mil veces, tres o cuatro versiones del breve discurso frío que le daría a Verónica y de pronto, suena el timbre de la casa. Se dirige a abrir, el sol todavía algo brillante del inicio del ocaso le golpea la visión; Verónica se ve solamente como una silueta algo borrosa, un tanto más delgada que como la recordaba. La invita a pasar adelante luego de saludarla friamente con un leve apretón de manos, sin apretarla en lo más mínimo realmente, casi sin tocarla. Se sentaron en la sala y fue entonces que pudo contemplar su rostro, esos hermosos ojos azules que antes lo habían hechizado, ahora se veían con menos brillo, su rostro más palido de lo usual, su ánimo muy decaido, habría perdido unas quince libras desde que la vió la última vez. Verónica le contó, con una narración honesta, sin querer excusarse inutilmente, el porqué de su regreso abrupto con Alberto. Esa "fuerza del destino" que pareció arrastrarla hacia él, a pesar de la resistencia que ella quiso oponer por sus nuevos sentimientos hacia Martín en esa época. Le narró lo desdichada que fue otra vez con Alberto, quien nuevamente, había sido nada más que un triste espejismo. Martín perdió todas sus fuerzas. Olvidó todos los discursos ensayados y hasta los imaginados. Y antes de darse cuenta, se abalanza contra ella y le da un beso que en milisegundos pasa de un beso tierno a un beso apasionadamente intenso. Las manos no le alcanzan para acariciar su rostro, se le enredan entre su pelo, se deslizan solas en la espalda de Verónica, llegan hasta sus muslos y sus caderas, la aprieta contra sí mismo con una fuerza y convicción como si quisiera que no se le escapara nunca más. A Verónica le escurre una lágrima en su ojo derecho mientras jadea, y respira con dificultad, los besos de Martín casi la asfixian, pero en ese momento no quiere respirar oxigeno, solo quiere respirar sus besos, su aliento, su aroma, su esencia. Salen manos de todos lados, las de ella y las de él para despojarlos con violenta vehemencia de sus ropas y antes de darse cuenta no hay nada entre ellos sino su piel y una densa capa de sudor que los quema al roce de sus cuerpos. Martín la levanta sujetándole los gluteos con sus dos manos, y las piernas de Verónica se enroscan en él como si su vida dependiera de ello. El jadeo es intenso, el vaivén es despiadado, la embiste con las fuerzas de una pasión que había dormido en su interior durante dos años ya. Su corazón estalla de amor por ella. Verónica solloza mientras él la penetra; ella se aferra a su espalda con sus largas uñas hasta hincárselas dolorosamente dejando huellas de sangre sobre ella. Martín no siente nada, solo la presión de las piernas de Verónica enroscadas en su cintura. La pone a gatas contra el sofa, la sujeta fuerte del cabello con una mano mientras la otra se aferra de uno de sus pechos, mientras la penetra nuevamente con una violencia casi gentil, sin lastimarla, pero desbocando todos sus caballos en el acto. Se sumergen en un océano de sensaciones, sudor, placer y gemidos, hasta que ambos llegan al estallido de su orgasmo compartido. Minutos después Martín yace exhausto en el suelo y Verónica recostada en su pecho con uno de sus muslos cruzados sobre su miembro ya en reposo; juega con su dedo índice a recorrer el pecho desnudo de él.

Transcurre una hora más mientras Martín y Verónica se besan en silencio, acariciando su cuerpo muy lentamente, disfrutando de una intimidad a lo que no tuvieron acceso antes, por falta de tiempo.

Martín se levanta, se pone sus jeans y camina descalzo por la sala, hacia el desayunador de su cocina y busca su celular. Tiene tantas llamadas perdidas y mensajes de Mónica, inquiriéndole sobre las cosas que él debía hacer esa tarde en preparación final para la boda, incluído el ir a recoger su frac. No tiene moral, ni energía para llamarle de vuelta y menos responder uno solo de su mensajes. Verónica lo sorprende por la espalda, aún desnuda, abrazándolo intensamente mientras le propina dos besos muy tiernos.

Casi no cruzan palabra. Se hablan con la mirada. Se hablan desde el alma, se ponen de acuerdo sobre su futuro. Y se dirigen ese mismo día al aeropuerto y compran un boleto a París. Ni siquiera llevan equipaje, en el camino comprarán lo necesario. Las dos empresas en que trabajan tiene subsidiarias en París, ambos son empleados estrella y no tendrán problema en que los transfieran allá. Suben al avión, se sientan el uno al lado del otro, Verónica observa la noche de estrellas brillantes desde la ventana, mientras sujeta la mano de Martín, quien la aprieta como si no quisiera soltarla jamás. Suspiran al unisono mientras arranca esa noche, volando muy cerca del cielo, la primera noche del resto de sus vidas, juntos. Su corazón palpitaba muy fuerte, mientras algo en su interior les decía que este era el verdadero inicio de su historia, para muchos, tan solo otra historia de amor, para ellos, su única y verdadera historia de amor.

FIN.


@SolitarioAmnte / vii-17

Reminiscencia de Invierno (parte VII – final)

Ese lunes por la mañana Salvatore llama a Alessandra camino a su trabajo. Le dice que es vital conversar esa misma tarde. Le pide que salga...

Cristales rotos