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lunes, 4 de diciembre de 2017

Reminiscencia de invierno (parte III)

El día de la cita, ambos han salido temprano del trabajo. Salvatore casi quería lanzarse en caída libre desde el piso setenta y siete de su torre de cristal, con tal de llegar temprano; pero, ¿es una cita en verdad? Alessandra le rogó sobremanera a Claudia que llegase a las 4:00 en punto de la tarde a relevarla. Que no quería correr riesgos. ─Hoy no te me puedes enfermar; llueva, truene o relampaguee, estás aquí en punto de las cuatro ─le dijo esa mañana por teléfono. Cinco minutos antes de las cinco, ambos caminan hacia la puerta de entrada de la cafetería. Alessandra viene del sur, él del norte, casi caminan al mismo ritmo, a pesar que él es diez centímetros más alto. Un tímido y soñoliento sol, de esos que no abundan en esa estación, los divisa con atención desde el horizonte lejano, abriéndose paso entre incontables edificios y avenidas, como quien ve una comedia romántica y lleva rato ansiando el mágico encuentro de los protagonistas. La penetrante mirada de ambos se saluda a la distancia, cual rayo láser que rompe el viento. Antes de entrar se dicen un simple "hola" y Alessandra le da un beso en la mejilla, no tan ligero, que alcanza a sonrojar un poco a Salvatore. De inmediato se dan cuenta que en el lugar no cabe un alfiler. —¡Qué va! Aquí no cabe ni el helado viento de la calle, si quisiera entrar. ─dice ella— Sabes, en la oficina escuché que en la otra manzana hay una cafetería pequeña, artesanal, atendida directamente por su dueña, una señora oriunda de Antigua Guatemala; y sirven un café guatemalteco exquisito ─responde él.

El camino hacia el "Café de doña Juana" se les antoja larguísimo, como para vivir una vida juntos mientras caminan a paso muy lento, como quien disfruta con algarabía el trayecto sin ansiar el destino. Por ratos Salvatore camina de reversa, frente a ella, para escuchar con atención la historia de como estableció su pastelería con su amiga. Ella lo regaña, que el pavimento está muy resbaloso, que camine bien. Esboza él una leve sonrisa que le ilumina el rostro y que a ella, simplemente la enamora. Luego de esa hermosa eternidad de su caminata, llegan a destino. Doña Juana los recibe abriendo la puerta para que entren. Es una señora llenita, más bien gordita, cara muy redonda, ojos color miel; tiene un rostro que recuerda un intenso sol de verano. Usa un atuendo muy particular, una especie de traje típico indígena que no pasa inadvertido. ─¡Pasen, pasen jovencitos, entren a calentarse que afuera está muy helado! No me parece haberles visto antes ─les da la bienvenida─ La verdad no conocíamos este lugar, apenas hoy escuché de él ─responde él─ Es extraño, yo tengo una pastelería a pocas manzanas de aquí y nunca se me ocurrió venir a caminar por acá, me habría encantado descubrir este acogedor lugar desde antes ─concluye Alessandra. Juana los lleva directo a una mesita encantadora, en una esquinita con vista a la calle, les enciende una vela primorosa y le baja intensidad a la lámpara más cercana. Les toma la orden y en menos de lo que canta un gallo está de vuelta con dos bebidas tan calientes, que queman el paladar aún a milímetros de distancia. La conversación abunda. Las horas vuelan como gaviotas que se pierden en el horizonte. Ninguno se atreve a mencionar el sueño que los atormenta desde su encuentro previo. Ambos se olvidan por completo que existe un prometido que estorba. Salvatore menciona sin mucho énfasis el "¡Despiértame del olvido!" de la nota. Ella piensa que es una broma que él le hace (honestamente no se acuerda haber escrito tal cosa). Se ríe un poco. No insiste él. Imagina que fue una broma de ella también. El tema pasa rápidamente a segundo plano. Cuando la cafetería está a punto de cerrar, se acerca un muchacho de baja estatura, piel morena, con un leve acné propio de su edad; hijo menor de doña Juana, un adolescente bastante flaquito, con una sonrisa de oreja a oreja; los saluda y empieza a recoger platos, tazas y cubiertos de su mesa. Cuando casi termina de recoger, los ve de cerca con extraña curiosidad y atrevimiento: —¡Alessandra y Salvatore! Queridos amigos ¿dónde se habian metido? Hace más de dos años que no les veo ─y desde el fondo recóndito del lugar, la voz de doña Juana irrumpe e interrumpe al jovencito con un grito ─Tony, apresúrate que se hace tarde para cerrar y acuérdame de ir a comprar ese libro que dijo Carlos ayer, el de "Las cascadas del Oblivion", de ese autor raro, Lette Anón ─en ese instante se le borró la amplia sonrisa al chico y sin terminar de recoger las servilletas sucias, pide disculpas, dice que los ha confundido con otra pareja y se retira de inmediato a la cocina. Ellos se miran con semblante atónito sin decir palabra. Reducen el ritmo de la charla. Han quedado muy pensativos. ¿Qué ha significado esa confunsión del chico? Es algo que atormenta a Salvatore particularmente. Tony les había dejado el ticket en la mesa. Salvatore deja 15 dólares. Le pone el abrigo a Alessandra. Salen a la calle sin decir nada. Al instante aparece el Uber que Alessandra había pedido minutos antes. Salvatore le abre la puerta, la despide con un beso en la mejilla, sin decir adiós.

En el apartamento de Alessandra, Salvador, su prometido, la está esperando con una cena especial. Esa lasaña que es su especialidad, la prepara él mismo, y una botella de merlot. La recibe con un efusivo beso francés, y aunque Alessandra se siente más bien agotada y con ganas de irse a la cama, responde el beso con una fingida emoción. Cenan entre velas, pasta y el merlot que se acaba rápidamente. Alessandra nunca le ha mentido y sin embargo se ha excusado de su llegada tarde dadas las horas extras que han tenido que abrir la tienda de repostería, lo cual es cierto pero a medias, ya que ha sido Claudia a solas, la que ha atendido la tienda esa noche. Antes de llegar a casa, Alessandra le ha pedido por WhatsApp que sea su cómplice en esa cuartada, sin darle razón, que mañana le explica; Claudia accede con vivaz curiosidad. Alessandra borra la conversación antes de bajar del Uber. Con remordimiento y culpa ella brinda por los 18 meses que están cumpliendo de estar comprometidos y los 6 meses de vivir juntos. ¿Cómo pudo olvidarlo? ¿Cómo pudo acceder a esa "cita" con Salvatore el mismo día? Luego de la cena, Salvador lava los platos velozmente, no se quiere perder el postre en la cama. Alessandra sigue muy pensativa sobre su segundo encuentro con Salvatore. Esa sonrisa seductora de él se repite en su mente una y otra vez. En 7 meses, quizás en 10, estará casándose con su prometido y piensa que nunca ha tenido esa sensación intensa de enamoramiento con él. Siente que lo ama, ¿pero desde cuándo? ¿cómo surgió ese sentimiento? No lo recuerda con claridad. Salvador es todo un caballero. Un hombre exitoso en su pequeño emprendimiento de citas por internet. Un negocio que se toma muy en serio, para unir allí a verdaderas almas gemelas. Siempre ha sido atento, cordial y correctamente cariñoso con ella. No puede quejarse de nada. Excepto de no encontrar el porqué lo ama y el porqué se va a casar con él. Toma una ducha caliente, rápida, mientras Salvador friega los platos. Uno y dos sprays en los lugares particulares en los que Salvador más se recrea sobre su piel; con ese perfume francés que él le regaló el San Valentín pasado. Usa la lencería de color negro que él le obsequió precisamente esa noche. Ella le dijo que olvidó en la pastelería, esa bufanda hermosa que a él le había gustado tanto en esa tienda exclusiva de caballeros (aunque él tiende a vestir sencillo), que había salido a prisa al mediodía a comprarla durante su hora de almuerzo. Todo inventado. Tendría que hacerlo a la mañana siguiente. Se pone las medias negras con sujetadores que le llegan a la parte alta de los muslos, y esos stilettos altísimos, color vino tinto, que él tanto disfruta quitarle durante el juego previo. Media hora se va en un abrir y cerrar de ojos para Salvador, que en verdad parece disfrutar su merecido premio por ser un novio ejemplar y por todos los detalles de la velada. Sobre todo, por no olvidar tan importante fecha, cosa que no es propia de su género. A Alessandra se la hace una eternidad. El sexo es muy bueno con Salvador, es un amante excelente y se esfuerza por estar en buena forma. El crossfit que practica cinco veces por semana, más los treinta kilómetros que recorre en bicicleta de montañana, rinden resultados. Nunca se apresura al coito. Es magnífico en el juego previo. Pero como que siente que ella no está del todo allí. La excusa en su mente, pensando que debe estar exhausta de las largas horas de trabajo en su tienda. Y Alessandra no está del todo allí, devuelve los besos de buena gana, pero le saben al fuego de un amante en Milán que nunca tuvo. Se humedece y recibe las embestidas con leves aullidos que se apagan en un grito callado, pero algo sabe diferente, su cuerpo siente y no siente, en parte fantasea con la desnudez de Salvatore (desnudez que aún no conoce).

Son las 11:30 de la noche. Salvatore no concilia el sueño. Toma su teléfono, abre el buscador de internet. "Oblivion", "Lette", "Anón". Busca separadamente, y en distintas combinaciones. Oblivion, latin de "olvido". Lette, griego romanizado del griego antiguo "Λήθη". En la mitología griega, un río del Hades, donde los muertos eran obligados a beber, para olvidar por completo su vida pasada antes de reencarnar. No encuentra mucho más. Todo es para él pura cursilería mitológica. Debe haber algo más. Le marca a Solomon, un compañero del trabajo. Que siempre se jacta de ser una especie de hacker y geek empedernido, que bucea sin problemas en lo profundo de las oscuras aguas del Dark Internet. Allí debe estar la respuesta que busca.

(continuará...) 



@AljndroPoetry / xii-17





sábado, 2 de diciembre de 2017

Reminiscencia de invierno (parte II)


Es una mañana de otoño, y las lágrimas de los pinos llorones del Himalaya cubren de hojas el paseo de una pareja de enamorados por el parque Sempione en Milán. El abundante cabello negro rizado de él parece la copa de un árbol que aún no se entera que es otoño, la clara melena lisa de ella parece un sol vertical que resplandece sobre la ocre estampa del lugar. La fragancia de una sonrisa carmín llena de colores el sentido auditivo de un chico que no sabe si está más enamorado de la bella ciudad italiana en la que está vacacionando con su novia, que de la novia misma. Y de pronto todos los árboles dejan caer las pocas hojas de colores azafranados y amarillentos hacía un cielo que se torna de un gris muy denso. Y todas sus ramas secas se cristalizan y se quiebran en cientos de pedazos triangulares y son engullidas por un remolino maligno que se ha formado en el centro del parque; y toda el agua del lugar se petrifica cual lava incandescente que ha dejado de arder. Son las 4:44 de la madrugada, Alessandra despierta con un sudor frío que empapa sus pechos y su abdomen. Otra vez esa pesadilla recurrente que la aflige desde el encuentro con ese chico en el café del centro aquella tarde de ventisca de invierno, hace una semana ya.

Salvatore la toma de la cintura con una mano, y con la otra detrás de su nuca la acerca con una firmeza gentil hacia su cuerpo encendido por una pasión que le recorre y que casi no puede reconocer como algo suyo; siempre ha sido muy moderado con sus expresiones de afecto en público. La silueta del Duomo de Milán sirve de escenario en un ocaso otoñal en el que Alessandra y Salvatore viven un fuego de verano en las venas. Ella apaga por un instante la intensidad de sus profundos ojos café al cerrar sus párpados y unos labios rojos, de carnes abundantes, se abren para recibir el beso en llamas de Salvatore, que la besa tan profundo como el amalgamar de dos galaxias que se funden en la honda oscuridad del cosmos abismal. Son las 4:44 de la mañana, Salvatore despierta de un sueño casi húmedo con un hervor en su cuerpo y la natural erección matutina propia del genero masculino. Nuevamente el mismo sueño ardiente, que lo persigue desde el encuentro con esa chica hermosa, envuelta en una misteriosa tristeza, que conoció en aquel café aquella tarde de feroz batalla contra los vientos del norte. Ha pasado una semana y no se ha atrevido a llamarla. No termina de entender por qué. Quizás el imperativo de su nota al despedirse lo pone nervioso.

El piso setenta y siete de la torre de cristal en la que Salvatore trabaja como publicista se siente como un iglú esquimal a pesar que la calefacción está a tope. Pero a él nada le entibia el alma. Lleva dos años de ser un lobo solitario, refugiado en su trabajo, teniendo solo el mínimo contacto con la gente, por temas laborales; rehuyendo las citas y fiestas o reuniones con amigos o conocidos. El encuentro casual con esa chica quizás ha emperado esa consciente autorevelación de que está muy solo en el planeta. ¿A donde va su vida? ¿Qué le hizo enconcharse dentro de un caparazón emocional todo este tiempo? Son interrogantes que lo asaltan. Alessandra no ha pasado por la cafetería desde hace diez días. Luego de una semana de indecisión sobre sí llamarla o no, cuando al fin decide hacerlo, una contestadora automática dice que el número marcado se encuentra fuera de servicio. Se pregunta si ella acaso cambió de número para eludir el contacto, la posibilidad de un segundo encuentro; quizás de una cita verdadera. El día es largo, de una longitud intransigente. Cuando al fin llega la noche, ya en su casa y al calor de la chimenea, Salvatore decide intentar nuevamente: 4, 9, 3, 2, 3, 4 y 5 marca a toda velocidad en el teclado virtual de su móvil. Se lo sabe de memoria ya. ─¿Hola? ─responde una voz masculina al otro lado, se queda callado─ ¿Hola? ¿Hola?─ la voz se hace más ronca y aspera, cuelga. El número queda en la cima de la lista del historial de su teléfono. Lo presiona otra vez. ─¡Hola! ¿Quién habla? ─la misma voz masculina─ ¿Me comunicas con Alessandra por favor? ─pide Salvatore con una tímida firmeza─ Llámale más tarde, está tomando un baño de tina ─le responde la voz─ Dile a tu compañera de apartamento que me llame de vuelta por favor, a este número; menciona que es el chico impertinente de la semana pasada en el café ─Alessandra es mi prometida ─responde la voz─ Le daré tu recado, hasta luego─ y corta. Un aire de desesperanza, más frío que el invierno que vive, anega todas las emociones de Salvatore. ─Hay un prometido en el medio. Esto no puede ir para ningún lado ─se dice a sí mismo mientras las pupilas de sus ojos azules se tornan de un naranja lacerante al reflejar las llamas que arden sobre los leños de su chimenea.

La tienda de dulces y pastelillos en esa concurrida calle del centro se encuentra a tope esa tarde. Alessandra no se da a vasto para tomar las órdenes, cobrar y despachar. ─Buen día para que Claudia se enferme ─piensa, mientras hace malabares con las tareas de la tienda. Hace poco más de dos años, cuando Claudia le ofreció ser parte de esa aventura de emprendimiento, su propia tienda artesanal de repostería; no habría imaginado Alessandra que durarían tanto y que un día como hoy habría tanto que hacer que estaría refunfuñando entre dientes por la ausencia, bien justificada, de su amiga del alma y socia de hazañas empresariales. Al fin un respiro, se ha vaciado la tienda y Alessandra se acerca a la ventana y se sienta un rato a descansar en una de las pocas mesitas del lugar; su mirada se pierde en la calle, sin mirar a nadie ni a nada y a la vez, cómo mirándolo todo. ─¿Por qué no has llamado chico extraño del café? ─empieza un monólogo en su mente─ ¿Te habré asustado por la callada que me puse? ─no puede ser, una chica decente no debe ser efusiva de buenas a primeras ─¡de qué estoy hablando, estamos en pleno siglo XXI, el fenimismo es más victorioso que nunca! ─si este chico piensa tal cosa, definitivo que no vale la pena ─¿Por qué no me llama? ¿Por qué tengo esa pesadilla recurrente con él? ─¿Por qué tengo esta sensación de que él me necesita tanto como yo a él? ─¡Qué estoy diciendo, por todos los dioses, si yo ya estoy comprometida!. Su monólogo es interrumpido al sonar el teléfono con la monótona melodía de su celular android. ─¡Hola! ─responde de inmediato─ ¡Alessanda, hola, al fin me respondes! ─¿Quién eres? ─Soy Salvatore ─no conozco a ningún Salvatore ─el chico impertinente de la cafetería hace un par de semanas ─¡Ah! El chico del macchiato, Salvatore es tu nombre entonces. ¿Qué cuentas chico lindo? ─y antes que él responda, se arrepiente de haberle hecho esa pregunta de esa manera, qué va a pensar este chico, que es una lanzada ─Te he estado llamando, pero tú teléfono parecía estar inactivo ─Oh, lo siento, lo extravié unos cuántos días después de nuestro encuentro y tardé en recibir el repuesto de mi proveedor de servicio─ La otra noche te llamé y me respondió tu prometido, dijo que te daría el recado─ Y continún charlando amenamente durante una media hora sin advertirlo. Ella excusando la actitud de su prometido, él diciéndole que no importa, que lo bueno es que al fin la ha encontrado. Preguntas triviales sobre como han sobrevivido ambos las inclemencias de este invierno y como van las cosas en el trabajo y otras nimiedades; hasta que finalmente, Salvatore en una forma muy casual y natural, como quien no pretende forzar nada y casi esperando una negativa, la invita a tomar otro café en la misma cafetería; y ella acepta encantada de inmediato, se verán en un par de días.

(continuará...)



@AljnadroPoetry / xii-17




miércoles, 29 de noviembre de 2017

Reminiscencia de invierno (parte I)

Cae la tarde, los vientos gélidos del norte soplan con fuerza sobre la estampa de plomizos y níveos colores del centro de la ciudad. Los pasos de Salvatore se hacen pesados sobre el pavimento glacial mientras libra una batalla épica contra la ventisca que escupe su ráfaga de furiosos copos de nieve. Recién salido del trabajo, se dirige a su estación del metro urbano, a unas pocas cuadras del altísimo edificio de cristal donde trabaja. Hoy no tiene ánimo de pasar a tomar su macchiato bien espeso en la cafetería de moda del centro que le queda en el camino, urge llegar a casa a atizar unos leños en la chimenea y entibiar un poco el espíritu.

A pocos metros de la cafetería, desde el otro lado de la acera, observa sin embargo a los grupos de amigos, parejas e individuos solitarios que beben los cálidos sorbos de sus bebidas a temperatura de ebullición, casi todos con un móvil en la mano y unos pocos con un libro. Y su vista se detiene en una figura en particular; una chica de mirada perdida que sentadda en una mesita al lado de la ventana, observa la blancura del ocaso y se extravía en los laberintos espirales de algún fugaz remolino de viento. Sus ojos son de un café tan oscuro como la densidad del espresso en el macchiato que Salvatore suele tomar. Su cabello castaño claro es tan liso que la luz de la lámpara encima de su mesita resbala por su pelo hasta caer al piso. Sus labios carnosos sugieren que su sonrisa debe ser angelical, pero su expresión es más bien de tristeza, pero no de una tristeza llana y simple, más de esas que son complejas, envueltas por el misterio. El corazón de Salvatore, sin embargo, late ahora con una tibieza inesperada, y antes de darse cuenta se encuentra en la puerta de entrada; sus pies lo han llevado hasta allí sin notarlo, como deslizándose o patinando por el pavimento helado.

El lugar está abarrotado, no cabe un alma; el frío invernal obliga a los transeúntes a hacer parada obligatoria y pedir una bebida bien caliente. Pero ya está allí y voltea a ver a la chica de los ojos café profundo, ahora de espaldas hacia él; lleva un abrigo corto de un color tan blanco como la nieve, lo cual realza el rojo escarlata del lapiz labial sobre sus carnosos labios. —Me das un macchiato con leche de soya y un toque de caramelo por favor —le dice al cajero— ¿alto, grande o venti? —le responde el cajero— Mejor un venti. Que me dure un buen rato— y le da un billete de diez dólares. Ya con su café en la mano, da un par de vueltas por las mesas y barra de asientos individuales del lugar, sin encontrar un solo espacio, excepto por una silla disponible en una mesita pequeña donde una anciana de cabellos plateados que está absorta en la lectura de su libro mientras bebe un latte que parece inagotable; y otra silla al lado de un hombre de mediana edad —aunque por su cabeza calva parece mayor— con una abundante barba y cara de pocos amigos, como quien ha tenido un día muy cargado; y por supuesto, la silla libre en la mesita de la chica de los ojos profundos, absorta en el panorama invernal de la calle, con un libro abierto casi por la mitad al que no ha vuelto a mirar en todo el rato que Salvatore lleva observándola. —¿Te molesta si me siento aquí? —ella lo mira con semblante serio, con especial asombro, como quien quiere ver hacia adentro y no solo por encima, pero no dice nada— ¡Es que no hay un solo lugar disponible! Claro, si no soy inoportuno, y si no esperas a nadie —Y ella lo sigue mirando por breves segundos más, pero su boca no se abre, mas con sus labios hace un gesto tan leve, como el de una tímida sonrisa; y de alguna manera parece que asiente a que Salvatore la acompañe. Al menos así lo entiende él, que sin decir más pone su bebida sobre la mesa y jala la silla, inusualmente pesada y sin protectores de hule en las patas, haciendo un ruido particularmente enervante al hacerlo. Ella levanta una ceja, como diciendo: —¿Qué haces? —pero realmente no dice nada— Perdona, no ha sido mi intención— se excusa él.

La mirada de ella se zambulle ahora en la página actual de su libro, como queriendo esquivar la conversación con el chico; aunque en su interior siente, sabe, que debe, que necesita hablar con él. Mientras lee, sus ojos café parecen sumergirse en las páginas y éstas abren un portal que la transporta al mundo de la novela; al mismo tiempo, con su mano derecha y sus uñas semilargas, muy bien cuidadas, sin pintura; hace un sonido sobre la mesa que emula el cabalgar de caballos. —¿Qué lees? —pregunta él con sincera curiosidad. Y ella, en ese instante, es como sacada por un haz de luz del mundo de su novela y transportada en el acto a la mesita, con un par de bebidas calientes, un libro, y claro, un desconocido frente a ella. —No me despiertes del olvido —le responde, sin más— ¿Y de qué trata? —vuelve a preguntar, a lo que ella replica— es un cuento muy largo para contártelo, y aún no me decido si es ciencia ficción, o magia mística egipcia, o una combinación de ambas cosas; es intensamente romántica, eso si te lo puedo asegurar; pero, parece ser un romance que trasciende generaciones, eras, culturas y algo más— suena bastante bien —responde Salvatore— ¡es apasionante, no tienes idea! —concluye ella, y se sumerge de nuevo en su lectura. Mientras tanto él, bebe su macchiato lentamente, como disfrutando cada pequeño sorbo de alegría caliente; no sin notar que la alegría que siente no proviene del macchiato exactamente, sino de la contemplación de la hermosa chica que tiene frente a él. Su mirada se hace penetrante, sus ojos chocan contra el café oscuro de los de ella; por su parte ella, se siente observada, quizás contemplada más bien. Ya no logra concentrarse en el libro, se dedica a tomar su bebida, observarlo de vuelta disimuladamente, para luego envolverse con él en una charla trivial de desconocidos; de esas en las que hablas muy a grosso modo de tus aficiones, de tu trabajo, de que estudiaste, de que te gustaría hacer con tu vida más tarde, de alguna experiencia interesante vivida. Y hablan, y se observan, continuan charlando y se miran, casi como acariciándose con los ojos, hasta que en un instante inesperado, al unisono, ambos tienen una especie de flashback, una reminiscencia; una escena compartida, ambos caminando tomados de la mano, en una tarde de otoño, por una larga avenida de tiendas de moda en Milán. —¿Alguna vez has estado en Italia? —preguntan ambos al mismo tiempo— ¡Qué casualidad! Hacernos la misma pregunta en este instante —dice Salvatore— Nunca he salido de los Estados Unidos, dice ella —yo estuve de viaje en Alemanía hace unos pocos años, pero es el único lugar de Europa en el que he estado —responde él. Ninguno se atreve a mencionar nada de esa reminiscencia absurda que parecen haber tenido, para no atemorizar al otro.

En un abrir y cerrar de ojos, cae la noche con todo el peso de su oscuridad y la temperatura desciende unos cuantos grados más. Han conversado por dos horas y media ya. Ella se excusa, que debe salir corriendo, que tiene que pasar haciendo unas compras antes de irse a casa, que le cierran el supermercado. El quisiera acompañarla, quisiera pasar toda la noche conversando con ella, observando sus bellos ojos y sus carnosos labios que invitan a besarla. Pero no dice nada al respecto. —¿Te volveré a ver? —le pregunta— ¡Quiero creer que sí! —responde ella y le da un post-it de color neón, con algo anotado; se levanta de la mesa, le da un ligero beso en la mejilla y sale de la cafetería antes que Salvatore pueda siquiera decir adiós. La observa desde la ventana mientras se aleja, con sus jeans apretados y sus botas blancas de invierno; la ve caminar pero más bien parece que flota en el viento y se pierde en la oscuridad de la esquina donde dobla, para desaparecer.

Salvatore se queda sentado en la mesa unos minutos más, tratando de asimilar qué ha significado ese encuentro. ¡Qué significa ese flashback! ¿De dónde puede conocer a esta chica que se le hace tan familiar? Abre el post-it: "Alessandra, 493-2345. ¡Despiértame del olvido!". Es lo que ve al leerlo.

(continuará...)


@AljndroPoetry / xi-17





Reminiscencia de Invierno (parte VII – final)

Ese lunes por la mañana Salvatore llama a Alessandra camino a su trabajo. Le dice que es vital conversar esa misma tarde. Le pide que salga...

Cristales rotos